El lujo de volver a lo esencial
Máxima y Santiago posan en el que fue su hogar durante años, transformado hoy en «oasis rural».
Antes de recibir huéspedes, la casa fue su hogar durante más de una década. En ella vivieron once años y criaron a sus tres hijos, integrados en una rutina marcada por la naturaleza, la calma y la comunidad. Cuando dejaron de habitarla, sintieron que aquel espacio tenía algo más que ofrecer.
La singularidad del proyecto comienza en el aspecto arquitectónico, porque lo que hoy es una casa luminosa y contemporánea fue en su día un corral con distintas dependencias agrícolas. Lejos de pretender borrar el pasado, muy lejos, la transformación del espacio apostó por reinterpretarlo, reutilizando elementos originales que hoy forman parte del diseño y lo distinguen, con un resultado que dista de la imagen tradicional de casa rural. «No somos un alojamiento al uso en el sector. Aquí prima la luz, el detalle y las líneas muy finas, y eso impacta», señala la propietaria, orgullosa y consciente de que esa combinación de tradición y modernidad es una de las claves del proyecto.
En La Ren Lecrés todos los elementos tienen intención y se confabulan al servicio de una serenidad que domina el ambiente del enclave, pensado como «un refugio» donde el ritmo lo marca el propio visitante. La experiencia no gira en torno a un catálogo de actividades, ni a un itinerario cerrado. El lujo aquí es el tiempo. Tiempo «para observar cómo nieva desde la chimenea, para pasear sin rumbo o para disfrutar de la naturaleza respetando sus ciclos», comenta Crespo, defensora de todo aquello que facilite recuperar, y honrar, la paciencia.
El proyecto se concibe también como una invitación a integrarse en el pueblo. Los anfitriones recomiendan a los visitantes comprar en la panadería, caminar junto al río o descubrir la gastronomía local, vivir, en definitiva, con consciencia el destino que los acoge durante unos días. Aun así, muchos huéspedes optan por no salir del alojamiento, atraídos por la calma del espacio. Todo vale.
La Ren Lecrés creció con el tiempo y sumó una nueva dimensión a su ya de por sí ambicioso horizonte. Entraba en escena así la recuperación del patrimonio. Desde la ventana de su dormitorio, los Leal Crespo veían cómo un antiguo palomar familiar se deterioraba lentamente. Decidieron intervenir antes de que desapareciera. Compraron el terreno, restauraron la estructura y respetaron al máximo los elementos originales. «Lo que muchos entendían que era una ruina, nosotros lo vimos como algo que había que respetar», explica Máxima.
La recuperación del palomar se convirtió en un símbolo, en el resumen físico de la meta: conservar para dar nueva vida. Los huecos donde anidaban las palomas, la cruz de madera original o los cántaros incrustados en los muros de piedra siguen presentes, ahora integrados en un espacio habitable. Para la familia, la intervención fue también una manera de mirar de otra forma el patrimonio rural. «Lo que tienes y puedes aprovechar es una herencia», afirma, para asegurar que ese legado merece continuidad.
Más allá del alojamiento, el proyecto, en global, representa también una forma de emprendimiento en el medio rural. Al hilo, Máxima defiende que poner en valor lo propio es la mejor manera de garantizar su futuro, generar oportunidades y, en consecuencia, dinamizar la economía local. Tal flujo, pequeño pero constante, demuestra a juicio de Crespo que el turismo rural, en su sentido más amplio, puede convertirse en una herramienta para mantener vivos los pueblos, abrir nuevas posibilidades y la mente del visitante, que comprende así que en el pueblo se puede vivir, y muy bien, aunque de otra manera.
En tiempos de inmediatez y acción, proyectos como La Ren Lecrés plantean otra manera de viajar, menos basada en acumular planes y más en recuperar sensaciones básicas: silencio, espacio, tiempo... Quizá por eso, por todo, la casa ha sido reconocida como una de las mejores de 2025 por Ruralka, un club exclusivo de hoteles con encanto que cada año selecciona los más destacados del territorio nacional.

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